lunes, 30 de enero de 2017

Una luna

El Fondo de Población de las Naciones Unidas contrata los servicios de Caparrós para que realice un viaje de 28 días, en su itinerario se encuentran ocho ciudades de países distintos, esto con el fin de que escriba historias de jóvenes inmigrantes.

Las ciudades son: Kishinau, Monrovia, Amsterdam, París, Barcelona, Madrid, Lusaka y Johannesburgo.

Para Caparrós Una luna se tornó en todo un desafío, debía escribir bajo un modelo y parámetros precisos: las historias tenían que estar contadas en tercera persona y su extensión no debía exceder las dos mil palabras. En sus crónicas el escritor argentino considera que con dos mil palabras apenas comienza a aclarar su garganta.

Durante el desarrollo de las entrevistas que dan vida a las distintas crónicas, Caparrós se da licencia para ir plasmando varias reflexiones personales sobre la acción de viajar, la división de clases sociales y de desarrollar una particular fórmula para categorizar a los países. Entre sus reflexiones sobre el viaje hace énfasis en la rapidez y sencillez con la que cualquier individuo, hoy en día, puede trasladarse a lugares distantes en un abrir y cerrar de ojos, “el viajero no viaja. Lo viajan”, solo debe sentarse en un cómodo sillón y esperar a que lo lleven a su destino. Define esto como el “hiperviaje”, algo muy similar a la acción de navegar en el internet, en un solo clic estar en otro sitio totalmente distinto. Hoy podrías cenar en Monrovia y al día siguiente almorzar en Amsterdam.

Una luna es el testimonio de la lucha por sobrevivir, una luz sobre la oscuridad que muchos afrontan en la búsqueda de un mejor futuro, es un eco de los gritos de aquellos que huyen del horror al que los han sometido. En Kishinau las mujeres van maquilladas de violencia, víctimas de maltrato doméstico y del tráfico de mujeres. En Monrovia un joven se convierte en un nómada para evitar ser asesinado durante la confrontación entre etnias, conflicto que desencadenó una cruenta guerra civil, tragedia definida por ellos mismos como la tercera guerra mundial. En Amsterdam una chica siente que sus derechos son vulnerados por ser una mujer que practica el islam. Un ex pandillero de Los Angeles retorna a su natal Salvador, condenado por su pasado sabe que está “manchado” por sus tatuajes que lo acreditan como un criminal, lo que alguna una vez fue símbolo de orgullo hoy lo condena ante la tolerancia cero de las autoridades policiales, las bandas enemigas y por aquellos que alguna vez se comportaron como su familia y que ahora se sienten traicionados por su abandono. Estas son algunas de las historias que se plasman en el papel bajo la luna.

Aunque las historias son crueles realidades, Caparrós no deja de mostrar su ácido humor a lo largo del texto, como cuando habla de las fotografías de los turistas:

Los turistas nunca fotografían a «los turistas». Sacan, por supuesto, megagigas de fotos de sí mismos, marido a mujer, padres a hijos, amantes a su amante. Y de los lugares que mostrarán de vuelta en casa –la torre tal, la iglesia cual, aquella estatua--, pero nunca de «los turistas», uno de los fenómenos culturales más extraordinarios de estas décadas y, en general, tan tozudamente fotogénicos. La pureza es que no haya otros turistas, como si los lugares prestigiosos que van a visitar fueran descubrimientos que hacen solos, indianas jones de cotillón de feria.”


Para el escritor argentino Martín Caparrós (considerado el más importante escritor del periodismo narrativo) viajar es un acto de desesperación, no hay nada más brutal, más cruel, que entender que podrías haber sido tantos otros. Y, a veces, el alivio. También viajar es la confesión de la impotencia: ir a buscar lo que falta a otros lugares.

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