domingo, 31 de marzo de 2013

Rabbits: el macabro secreto de Lynch



Los secretos compartidos en muchos casos pueden desencadenar  paranoias, hacer un infierno de aquellos que son parte del oculto hecho. El afamado y polémico director cinematográfico David Lynch en el año 2002 realizó uno de los films más perturbadores en la historia del cine, me refiero a Rabbits protagonizada por: Scott Coffey , Rebekah del Rio, Naomi Watts y Laura Harring.

Este film desarrollado en siete capítulos es una obra sobre las culpas. A lo largo de los 50 minutos que dura el film el espectador se encuentra con un solo ambiente, ocupado  por tres personas embutidas en trajes de conejos. El fondo musical es lo más cercano al ruido del miedo. En la sala de estar de una casa bajo el manto espeso del ruido de fondo los conejos comienzan un dialogo que, a primera escucha, parece discordante e inconexo. Mientras uno de ellos entra y sale varias veces del ambiente los demás siguen en sus charlas cercanas al delirio alternando con silencios prolongados. En algunos de los actos aparecen los conejos por individual declamando lo que pareciera ser una poesía que revela el encubrimiento de un crimen. Cada uno de los conejos en su turno de declamar señalan hechos con una sabana, un perro e insectos. En ciertos momentos aparece la cara de un demonio sobre sus cabezas hablando en un idioma inteligible. El final es un grito que procede del exterior del único ambiente siempre visible al espectador, mientras apaciblemente los conejos observan la puerta abierta de la sala.

En mi opinión es un crimen cometido del cual todos son culpables, ellos comparten la pena angustiosa de la conciencia, se castigan unos a otros con los recuerdos del atroz acto oculto. Por último, el grito simboliza la perdida de la razón dando espacio al infierno que el demonio acechante reclama.

Interesante el uso de conejos como protagonistas, este simpático animal es considero por muchas culturas símbolo del sexo desmedido, de la locura y de la obsesión por el paso del tiempo.

Yo sigo pensando sobre las cosas que Lynch ha querido decir con el film. De seguro existen muchas otras interpretaciones. Podría ser hasta la más simple, decir nada.
Es un film que funciona. El arte está hecho para hacer pensar sin la necesidad de aclarar.

viernes, 29 de marzo de 2013

Elegía para un americano: Siri Hustvedt y su pasado

El hombre es producto del pasado,  consecuencia del infinito que denominamos tiempo. La memoria y los secretos son poderosos ingredientes que componen la esencia humana, sin ellos la existencia pierde sentido haciendo del presente una agobiante travesía bajo la sombra de la duda. Siri Hustvedt ha construido una historia de profundos pensamientos, un thriller psicológico que absorbe al lector desde la primera página.



En Elegía para un americano un psiquiatra de nombre Erik Davidsen debe hurgar en los fantasmas del pasado cuando encuentra entre las pertenencias de su padre fallecido unas cartas que comprometen la imagen del hombre que ahora desconoce. Un crimen ahogado en el silencio con la complicidad del tiempo.

Husvedt desarrolla en Erik un personaje fascinante exponiendo a la luz las dificultades que pueden generar las emociones. Teorías sobre los sueños y los traumas de la niñez acompañan al psiquiatra a lo largo de la búsqueda de respuestas ante el misterio heredado como legado de su difunto padre. A la par debe lidiar con los problemas de sus diferentes pacientes y la prematura viudez de su hermana, situación no menos problemática que la caída de su propio matrimonio terminado en un aparatoso divorcio. Aunque la vida le presenta una nueva oportunidad de amar debe lidiar  y combatir los sentimientos que en él ha sembrado la mujer equivocada que lo llevará a un espiral de tormentos.

De especial interés se me hizo el personaje de Max Blaustein, un escritor de culto que regresa a la vida a través de un lector obseso por su obra. Siri Hustvedt muestra en este personaje Blaustein el peligroso juego del escritor sobre la delgada línea que separa a la ficción de la realidad, donde el creador puede terminar enloqueciendo al  aferrarse a la existencia desbordada de sus personajes fuera del papel, ahogándose sin remedio en una verdad insoportable.  

Un dato interesante para aquellos lectores dispuestos: Las cartas presentes en la historia donde se desarrollan las memorias del padre de Erik, son fragmentos verdaderos de las memorias escritas por el padre de Siri Husvedt el cual antes de morir le dio el permiso para utilizarlas en la novela.



lunes, 18 de marzo de 2013

El silencioso Coetzee


El mayor de los sufrimientos se hace en silencio. Pensamientos impulsados por la memoria desencadenan torrentes de emociones que pueden manifestarse en gritos, carcajadas y llantos. Pero es el silencio el génesis de lo humano. Todo escritor nace de la inconformidad, de la duda, de la perdida y la negación del tiempo. En silencio se construyen mundos donde todo es nada y nada es todo. El silencio también es un idioma y como todo idioma requiere de un traductor y ese es el escritor.

Aquel que escribe hace de lo invisible lo tangible. Aquel que escribe es sensible al entorno que lo rodea, más allá de las palabras y los gestos son los silencios lo que realmente escucha y observa.
Coetzee ha hecho del imperceptible idioma todo un arte. Para él escribir es un gesto de rechazo ante la cara del tiempo. Un intento de alcanzar la inmortalidad.

El silencio también puede ser lo desconocido. Coetzee muestra un gran interés por las lenguas muertas, aquellas que se han perdido. Escribir se convierte en una misión de rescate. En su libro Verano editado en el año 2009 desarrolla una historia hipotética de su muerte, donde un joven biógrafo realiza entrevistas a las mujeres que de alguna forma alimentaron la vida y escritura de Coetzee. En uno de los capítulos se presenta a su prima de nombre Margot recordando una inquietante conversación sobre las lenguas perdidas con el fallecido escritor, a lo largo del intercambio de ideas ella le pregunta:

¿Qué sentido tiene hablar un idioma si nadie más lo hace? ¿Con quién puedes hablarlo?

La observa y sonríe, respira y da la siguiente respuesta:

Los muertos. Puedes hablar con los muertos. Quienes por lo demás están sumidos en un silencio eterno.

Coetzee, más que nadie, sabe del poder de la imaginación, en ella la vida se vive deprisa .Los supuestos que habitan en ese mundo de ensueño terminan por afectar las decisiones  del mundo real. En Juventud libro donde Coetzee narra su vida como matemático en Londres laborando para IBM se va enfrentando con la discriminación del hombre común, del cual teme y niega en convertirse. Sigue aferrado a las palabras, a la poesía, formas del arte que lo hacen ver en su consideración un mejor ser humano justificando así las carencias que lo atormentan. Esa rebeldía se forma nuevamente en el silencio, allí donde muchas voces se convierten en una, haciendo de un simple momento toda una vida, de pocos segundos muchos año. Aquí un extracto del libro Juventud:

(…)la oye escabullirse de la cama y dirigirse de puntillas al baño del rellano para vestirse. Cuando regresa finge estar dormido. (…) Le gustaría ser más amable con Astrid. (…) Le gustaría secarle las lágrimas, hacerla sonreír; le gustaría demostrarle que su corazón no es tan duro como parece. (…) Pero tiene que ir con cuidado. Demasiada calidez y Astrid podría cancelar su billete, quedarse en Londres, mudarse a su casa. Dos derrotados dándose cobijo uno en los brazos del otro, consolándose: la perspectiva es demasiado humillante. Lo mismo podrían casarse y pasar luego el resto de la vida cuidando el uno del otro como inválidos. Así que no insinúa nada, sino que permanece tumbado con los ojos bien cerrados hasta que oye el crujido de las escaleras y el ruido de la puerta principal al cerrarse.

La mente siempre juega en silencio, en ella no todo es lo que parece ser. Ella alimenta esperanzas donde realmente no las hay, da luz donde dominan las sombras, llena de valor al cobarde y puede hacer de un enano un temible gigante.

En Foe la protagonista recibe un duro golpe de la realidad al toparse con el sitio donde su amigo escritor hace honor a su oficio, lugar que dista por mucho de aquel paraíso idílico por ella previamente imaginado:
Nada es exactamente como me lo había imaginado. Lo que pensé que sería su mesa de escribir no es ni siquiera una mesa, sino un modesto escritorio. La ventana no se abre sobre bosques y prados, sino sobre el jardín. El cristal no tiene ninguna ondulación. El arcón, más que un arcón es una valija de correo. Pero todo queda a mano.  ¿No le llama la atención tanto como a mí la relación que guardan las cosas tal como son en la realidad y la imagen que de ellas nos hayamos podido formar?

Coetzee aunque considera el silencio como idioma sabe que es inservible sin la interpretación de la escritura. Los gestos pueden comunicar el silencio pero no son suficientes para entenderlos. La imaginación es un poder incalculable solo cuando es posible darle vida a través de la palabra escrita. En Foe Coetzee construye una historia alterna inspirada en el clásico de Daniel Defoe Robinson Crusoe, donde una mujer bajo trágicas circunstancias naufraga en la misma isla donde Robinso Crusoe junto a Viernes habitan. En un punto de la historia la preocupación de la protagonista se centra en Viernes que es mudo. Ella intenta comprender sus silencios pero le agobia hacer supuestos valiéndose sólo de su imaginación, no comprende el por qué Crusoe no ha realizado un método escrito de comunicación que haría de la convivencia de Viernes más digna, más humana:

Crusoe nunca quiso enseñarle porque, según decía, a Viernes no le hacían falta las palabras. Pero Crusoe estaba en un error. Pues si hubiese sabido hacer a Viernes partícipe de sus propósitos e ideado algún medio por el cual Viernes pudiera haberle revelado también los suyos, bien valiéndose de gestos con las manos, por poner un ejemplo, o bien componiendo con guijarros formas que simbolizasen palabras, la vida en la isla, antes de mi llegada, hubiera resultado bastante menos tediosa. Y así Crusoe habría podido hablarle a Viernes a su manera, y Viernes contestarle a la suya propia, y muchas horas de otro modo vacías hubieran pasado volando.

Coetzee de forma sileciosa nos confirma que la escritura es el gran testigo de la historia, sin ella no hay mundo.