martes, 20 de agosto de 2013

El dueño de la casa



Si querida, te prometo que pronto todo regresara a la normalidad y podremos estar juntos tranquilamente en nuestra casa nuevamente. Debo colgar. Te amo.

Están aterrados y no es para menos. Yo también lo estoy. No es fácil explicar lo que nos está pasando. Mientras cuelgo el teléfono puedo sentir ese escalofriante sonido, ese chillido maligno que no para de erizar mi piel. Estoy al borde de la locura, lo he intentado todo, trampas y venenos de todo tipo. Nada. Nada funciona. Continúa con vida, acabando todo a su paso. Lo que era mi hogar ahora se ha convertido en una zona de desastre. He tenido que resguardarme en la habitación principal. La puerta la he bloqueado con todos los muebles disponibles: la peinadora, las dos mesas de noche, un pequeño escritorio y una silla.

Ha probado la sangre y quiere más. Ha saboreado la muerte. Ahora su apetito es insaciable. Primero se mantuvo a raya con los alimentos de la despensa, luego se comió a Toby nuestro Pastor Alemán. Aumenta de tamaño a cada bocado. 

No he dormido por más de veinticuatro horas, aunque los ojos me pesan. El temor de que pueda irrumpir en la habitación y devorarme me inquieta, sus alaridos espantan el sueño que por momentos me aborda. También el calor me sofoca, he cerrado las ventanas, es listo. No sólo tiene el instinto de un animal sino el de un cazador muy efectivo. Me muero de sed, observo el lavamanos del baño de la habitación donde me encuentro resguardado, aunque no tengo otro recurso para saciar mi sed no puedo ceder a la tentación. A diferencia de otros países en el que habito, tomar agua directa del grifo es una invitación a las enfermedades, a las diarreas agresivas que podrían acabar con tu vida. Han cesado los ruidos, por lo visto debe descansar de su jornada sangrienta y recuperar fuerzas. Pronto amanecerá, trataré de dormir un poco. Prefiero no salir y menos arriesgarme a una de sus embestidas en plena oscuridad, las escaleras se interponen entre la habitación y la entrada principal de la casa, tan riesgosas como el puente sobre el río Kwai.
Suena el teléfono, sacándome de las pesadillas que adornaron mis sueños durante la noche. Dientes afilados perforaban mi carne como cuchillo caliente a través de mantequilla. Atiendo el sonoro despertador.

Hola amor mío, es un alivio oír tu voz y asegurarme que aún sigues con vida—a través del auricular escucho el suspiro de mi mujer—He contactado a un especialista que podrá sacarte del peligro que te acecha.

¿A quién contactaste?—más que alivio temía que las cosas empeoraran, esa criatura es inmune a todo.

A Julio Millán el encantador de fieras domesticas, el del famoso programa de televisión.

¡Sandra! ¿Estás loca? Es un animal desconocido, no doméstico, es lo más parecido a la leyenda del Chupacabras. Le has tendido una trampa a ese pobre tonto. Esa bestia llegó a nuestro hogar caído del cielo en una pequeña capsula que se estrelló en nuestro patio trasero. 

Se me olvidó ese pequeño detalle amor. Es la única ayuda que pude conseguir. Aquí no contamos con expertos de la NASA, tampoco tenemos a un equipo policial eficiente como el S.W.A.T.

Sandra tiene razón, los más corajudos y valientes son los miembros de las guerrillas urbanas que el gobierno utiliza para cada uno de sus actos políticos, sumamente desorganizados pero efectivos en quebrantar la voluntad de aquellos que sin violencia desafían a un sistema opresor. Aunque recurra a ellos de seguro están demasiado ocupados bebiendo e invadiendo edificios y centros comerciales amparados bajo la consigna de viviendas dignas para la revolución.

Por la ventana de la habitación pude visualizar la llegada de una camioneta. El esperado héroe había llegado. Lo primero que me preocupó fue ver cómo se acomodaba el peinado estilo Robín de la serie Batman de los 60; este hombre no tenía la menor idea a lo que se enfrentaba.

Debo colgar vida, la ayuda acaba de llegar—dije tratando de simular alivio.

Suerte amor mío, me llamas apenas todo termine para poder regresar a casa. No aguanto a mi madre con su limpiadera.
Incomprensible como toda mujer. Hace un momento aterrada por la posible pérdida de su marido, ahora le molesta la crisis por la limpieza de su madre.

Abrí la ventana y me asomé para realizar contacto visual con Julio Millán.

Tienes mala cara amigo, por lo visto ese animalito requiere de mano dura. Tranquilo,  le enseñaré quién es el amo y dueño de la casa. ¡Víctor trae la cámara más pequeña, de seguro tendremos que movernos mucho!—dijo mostrando una amplia sonrisa mientras mantenía los brazos a los lados de su cuerpo, formando asas de jarra.

Dios, no es posible. Ha traído una cámara, piensa filmarlo para pasarlo en su estúpido programa. En vez de salir en el encantador de “Guau Guaus” saldrá en Archivo Criminal. “Millán es devorado por animal desconocido”.

 Un horripilante rugido emanó del fondo de la casa. Millán paró su andar hacia la casa.

La puerta está abierta, mi esposa no pudo pasarle llave por el apuro al abandonar la casa—le dije desde la ventana mientras su cara desconcertada traducía “ese no fue el ladrido de un perro”.

Me sonrió y aclaró su garganta.

 —No hay problema, solo quiero que Víctor tome una imagen del frente conmigo ante la puerta para presentar lo que será nuestro nuevo episodio de programa—Se paró frente a la puerta dándole la espalda, se peinó nuevamente y con el pulgar de su mano derecha dio la señal para que su camarógrafo iniciara la grabación.

Unas garras enormes y huesudas atravesaron la puerta tomando del hombro a Millán, arrastrándolo al interior de la casa. Un espantoso grito de dolor en sintonía con el sonido de la carne destajada. Víctor soltó la cámara y salió corriendo despavorido hacia el medio de la calle siendo; atropellado por un vehículo, su espanto se había acabado al igual que mis esperanzas.

La barricada de muebles que me mantiene con vida no resistirá mucho tiempo. ¡Qué iluso he sido al pensar que ese pequeño ser proveniente de un lugar desconocido podría formar parte de mi familia como aquel gracioso extraterrestre amante de los gatos!
He tomado bastante agua del grifo. La puerta ha cedido. Sus grandes ojos amarillos inyectados de sangre observan mi humanidad con ira. Soy una bomba de tiempo, las aguas que recorren mi organismo son una mezcla letal de desidia y desprecio. Adelante, cómeme. Da igual, ante el nuevo dueño de la casa mi familia y yo estamos perdidos.

jueves, 15 de agosto de 2013

Las cenizas de John Fante



Para muchos escribir es un acto de honestidad en el cual los sueños se funden con la realidad. En la franqueza  también habita la violencia, la verdad muchas veces es  dolorosa, escribir la mejor  forma de afrontar, y por momentos, de evadir lo que se torna insoportable. 

John Fante es el germen y principal exponente de lo que luego por Bukowski se denominó en la literatura el “realismo sucio”. Pregúntale al polvo es la obra más grande de Fante donde se refleja con  franqueza el estilo de vida de la ciudad de Los Ángeles de los años treinta.

Al igual que en la vida real de Fante, el protagonista de la historia de nombre Arturo Bandini trata de mantenerse de pie ante una ciudad que no reconoce su talento. Día a día su imaginación alimenta sus arrebatos de ira, complicando el desarrollo de sus escritos que son intentos de una novela, el gran proyecto de su vida que no abandona pero tampoco logra culminar. 

El amor absurdo, los excesos, la violencia, el humor y la incomprensión ante la religión hacen de Bandini un personaje  memorable.

Gracias a que Bukowski en una entrevista afirma que Pregúntale al polvo de Fante tendría una influencia a lo largo de todas sus obras, la novela de Fante fue recuperada de las sombras luego de 40 años de su primera publicación. En su primera edición la  fortuna no jugó a su favor ya que la editorial Stackpole Sons cometió el costoso error de publicar Meim Kampf de Hitler sin permiso del autor, todo el dinero que sería destinado a publicitar la obra de Fante terminó en los juzgados de Nueva York para hacer frente a la larga demanda del Führer.

Aquí un curioso extracto de la novela de Fante en el cual se predice el enfrentamiento y fracaso de la obra:

“Guerra en Europa, un discurso de Hitler, jaleo en Polonia, tales eran los temas de actualidad. ¡Paparruchas! ¡Partidarios de la guerra, carcamales que pueblan el vestíbulo de la pensión Alta Loma, he aquí la verdadera noticia, hela aquí: un papelito con las firmas, endosos y refrendos correspondientes, un sencillo papel, mi libro! A la mierda el Hitler ese, esto es más importante que Hitler, se trata de mi  libro. No zarandeará el mundo, no matará ni a una mosca, no disparará ningún fusil, pero lo recordaran hasta el día en que se mueran, estarán en la cama, a punto de dar el último suspiro y sonreirán al recordar el libro.”

Dato curioso: Existe una adaptación fílmica de la novela, Ask the dust del director Robert Towne; protagonizada por Colin Farrell y Salma Hayek en el año 2006


viernes, 2 de agosto de 2013

Un presentimiento



Desde chico he coqueteado con la idea de que puedo presentir la pronta muerte de un familiar: los sueños y cambios bruscos de humor me daban la señal de una muerte próxima a ocurrir. Recuerdo una noche que, sin motivo aparente, sentí una alegría tal que comencé a brincar y a reír a carcajadas en mi sitio de trabajo. Mis compañeros se miraban entre sí con gestos de sorpresa y ojos interrogantes ante tan inesperado espectáculo; sabía que no era coherente actuar de esa forma, pero no podía por voluntad propia controlar mi ridículo acto. Camino a casa recibí una llamada de mi madre, indicando que su hermana (mi tía) había fallecido hacía pocos minutos de un infarto fulminante. Me sentí culpable por haber sentido tanta alegría mientras mi tía de forma probablemente agónica dejaba este mundo; luego, al pensarlo un poco y meditarlo por algunos días, comprendí que fue una forma de despedirse de mí, permitir que yo sintiera su partida,  la alegría sin sentido se convertía en sus palabras de  despedida.

La normalidad llegó por un tiempo, aunque la muerte no tardaría en llegar nuevamente. En los recuerdos la inmortalidad del ser querido. Mi tío Oscar era un hombre humilde y trabajador. Se desempeñaba como vigilante de una de las plantas que surten de electricidad a la ciudad. En sus ratos libres se dedicaba a su familia y a tocar su guitarra, un autodidacta amante del bolero: el trío Los Panchos era de sus grandes héroes. Muchas veces, de niño, fui espectador de sus performances en el patio de la casa. Por él quise aprender a tocar guitarra e ingresé en ciertas clases de música; la impaciencia me venció, y mis manos pequeñas y torpes ayudaron a convencerme a que me dedicara a otro hobby. Al paso de los años nos veíamos poco, ya que yo venía creciendo y desarrollando intereses académicos que ocuparon mi tiempo, agotando así los días disponibles para las dulces reuniones amenizadas con la música del tío Oscar. Un martes lluvioso sentado en la  sala cerca de la radio puse la mano sobre el dial y comencé a darle vueltas a la plateada perilla hasta dar con una emisora dedicada al bolero. Pasé horas sentado, dejándome llevar por la suavidad de los acordes y la melancolía de las voces que destacan a la música de los amantes heridos. Un pequeño “bip” me sacó del letargo musical; era el aviso de un mensaje de texto recibido a mi celular. Decía: “Hola primo es José, mi padre,  tío Oscar, ha fallecido”. El mensaje me dejó en blanco por un instante, luego el bolero que sonaba a través del parlante de la radio terminó por sacudir mi alma “Ya yo me despedí de mi adorada/ y le pedí por Dios que nunca llore/ que recuerde por siempre mis amores/ que yo de ella nunca me olvidaré”. Era la canción Despedida del trío Los Panchos, un tema que el tío Oscar tocaba frecuentemente cada vez que nos veíamos en las reuniones familiares. ¡Cómo no lo noté, cómo pasar por alto esa extraña melancolía que me embargaba, sin darme cuenta esos sentimientos me llevaron a una reunión privada con mi tío, compartiendo nuestra última tarde juntos envueltos con la música que él tanto amó, un adiós donde el duelo se disfrazó de armonía!

Hoy me he levantado tratando de recordar lo que he soñado, una necesidad de recuperar lo perdido, del resurgimiento de la compañía ante el frío de la soledad, confuso sin saber si soy testigo de una premonición más. Siento miedo ya que en mi familia quedamos pocos, el álbum familiar se ha convertido en mapas llenos de trazos del pasado, personas que ahora solo son recuerdos, referencias, pero que ya no son realidades. Dolores cicatrizados por la posesión de sus objetos heredados que al principio te recuerdan las cualidades de sus dueños para luego cambiar de personalidad y ocupar un nuevo espacio en tu vida, como si lo hubiesen tenido por siempre, dejando en el pasado su procedencia. Cada día que vendrá será una agónica expectativa tratando de descifrar los hechos y sentires, la inquietud de saber si un simple temblor o espasmo en mi cuerpo es un aviso de un pronto adiós, ¿uno más que se ausenta de la corta fila de la vida? Condenado a dudar de cada acción cotidiana donde la proximidad de la muerte busca manifestarse.

 Cuando sea mi hora…  ¿presentiré su llegada?