martes, 25 de junio de 2013

El oficio del librero: un homenaje a la vida



En los libros se encuentran grandes refugios donde habitan los recuerdos que hacen del  pasado un presente soñado, símbolos en tinta y papel que alimentan los nuevos días por nacer. Como librero me alimento de las memorias de otros, de sus alegrías y desencantos, de sus verdades y engaños.

Lo que somos y reconocemos como vida es porque lo escrito así lo ha permitido. Los libros son las ficciones y realidades que conforman nuestro mundo. 

Recomendar libros es perpetuar la existencia, es rebelarse al paso egoísta del tiempo. Un lector sabe que nunca está solo, que otro también ha vivido lo que él ahora experimenta. Lo mejor de trabajar con libros es la constante pérdida de la inocencia.

Cuando un libro rompe la barrera que separa al hombre del papel entintado se establece una unión inquebrantable, aquella vida que solía conocer como “real “ nunca más será la misma, ahora la ficción es parte importante de su día a día.

Todo lector es esclavo del tiempo, todo lector sufre por aquellos libros que nunca por él serán leídos, por ello visita su propia versión del muro de los lamentos, aquel espacio donde la muerte no existe. La librería junto con su guardián hacen su propia versión de la inmortalidad, una y otra vez se sostienen del recuerdo reviviendo el pasado para comprender el presente.

Cada libro leído es una semilla, el germen de un nuevo pensador que quizás se convierta en escritor. 

Mi gusto por la lectura me llevó a desarrollar el oficio que amo, ser un lector que disfruta mirar el mundo a través de los ojos de otros. Ser librero te convierte en el epicentro de los anhelos, en la clave de muchas búsquedas. Como un superhéroe, el librero obtiene una gran responsabilidad ante la sociedad, se hace acreedor del mágico poder de influenciar en las vidas de otros, de almas sedientas por construir un mundo mejor.

(Escrito al igual publicado en el encarte Papel Literario del periódico El Nacional del domingo 23 de junio de 2013)

jueves, 20 de junio de 2013

El contrato



Para completar su solicitud haga click en “Aceptar”. ¡Listo! Ahora solo queda esperar. Mi tiempo de vida esta contado; Carlos, que en paz descanse, me recomendó esta página web para darle fin a mis angustias. No ha sido fácil llenar la planilla digital y completar la solicitud de suscripción para el disfrute del servicio. Una oferta que dejó de ser un pensamiento agotador para convertirse ahora en una espera nerviosa.

Trato de no encerrar mis pensamientos ante lo que está por venir; sentarme en la sala en mi cómodo sofá frente al televisor, me ayuda a sobrellevar el tiempo que me queda. Un especial sobre la Segunda Guerra Mundial por el canal NatGeo; estos documentales siempre me han fascinado. La humanidad luchando por sobrevivir, enfrentándose a su propia demencia. Tropas al servicio de un hombre, tratando de conquistar al mundo. Las guerras más temibles y sangrientas son aquellas donde los egos predominan con el fin de rendir a los adversarios a sus pies para un goce efímero; aunque el cuerpo del vencedor no sea tocado por una bala, éste no podrá resistir los embates del tiempo. Victoria que se convierte en un mal chiste.  
Muchos  judíos  ante el ataque de las tropas alemanas cavaron sus propias tumbas a la espera de una bala certera que acabara con su sufrimiento. Yo con solo pulsar una tecla espero el momento de mi viaje que incluye boleto sin retorno. La diferencia: yo estoy sentado cómodamente en el calor de mi hogar. Ellos eran objeto de maltratos, torturas inimaginables: quebraban su alma, hacían trizas su  humanidad, para luego apagar la luz de sus ojos opacados por el miedo nacido de la pesadilla en carne viva.  

Ha sido mi decisión, no creo que sea malo pensar de la manera en que lo hago. Sientes que ya has vivido lo suficiente, que la soledad se te hace amarga; te has enterado que una pequeña bacteria te consume segundo a segundo y que no hay tratamiento médico posible que la neutralice, que pongas fin a tu vida por tus propios medios se hace totalmente  razonable. Solicité al médico que me diera un récipe con el nombre de algún medicamento que sellara mis ojos y secara mi mente mientras el cuerpo donde habito colapsa, un elixir que me otorgase paz mientras inicio mis pasos tras la puerta del silencioso e imperturbable descanso. Evidentemente se negó, no existía tratamiento para calmar la tormenta por venir. Al salir de su consulta decidí que lo haría por mi cuenta. Pensé en varias opciones para acabar con el agotamiento de mi cuerpo condenado, pidiéndome a gritos que no lo deje continuar, que sufrirá, que no es capaz de soportar tan escalofriante futuro.  

Caminando, dirigiéndome a mi hogar, llegué a un elevado sobre las aguas turbulentas de un río que parte a la ciudad en dos. Paré mi andar pero no así mis pensamientos. Reposando mis brazos sobre la baranda, las voces en mi cabeza me recordaban sobre el final de aquel otro desahuciado, que por su cobardía no era capaz de terminar con su inoculado sufrimiento. Un hombre muerto en vida por un cáncer irreversible y destructivo. Carlos algo. No recuerdo bien su apellido, pero sí la conversación casual que compartimos en la barra de un bar hace ya unos días antes de su muerte. 

“El naturista”, un bar de poca monta donde solían reunirse los bohemios de la ciudad, soñadores que trataban de parecer artistas pero que lucían como despojos humanos, cuerpos consumidos por las ideas que algunas vez se aseguraron que podrían cambiar al mundo, el mismo que ahora los castiga por su insolencia atravesándolos con la daga envenenada de la realidad. Era el lugar al que solía ir a para sentirme mejor después de un largo día de trabajo. Entre ellos parecía afortunado, un hombre con una estabilidad laboral, con un techo propio donde descansar; a sus ojos  era aquel individuo sensato que no cayó en la atrayente y letal trampa de los sueños de colores que terminan difuminándose en un mundo gris donde predomina la mudez. Claro está que para el momento ya no me servía de consuelo, mi terapia “naturista” dejó de ser efectiva al momento que la guadaña del encapuchado reflejó el camino hacia la luz. La sentencia era irreversible, así que los tragos ese día me supieron amargos. El vaso que utilizaba como ahogador de furias, desempeñaba el papel de un medidor que señalaba el término de su propia existencia; al agotarse su contenido, terminaba como un cuerpo sin alma y desechado a una fosa común con sus pares. No extrañaría ese vaso, pronto el barman pondría a mi alcance otro lleno del vigorizante líquido de la vida, otro que correrá con la misma suerte  de sus iguales. Así es la vida, todos enterrados o cremados. No importa cuánto lo evites, se nace marcado para morir; desconocemos la forma en la que ocurrirá, pero venimos al mundo bajo el símbolo de la condición mortal. Seremos reemplazados. Mis ojos se cansaron de resistir las lágrimas, se deslizaban contra su voluntad, como si a cada tramo de mi rostro buscasen una saliente de donde aferrarse. Sentí un peso sobre mi hombro izquierdo.

¿Qué le pasa amigo? ¿Lo dejó la mujer?—observé una mano huesuda sobre mi hombro, falanges en un manojo de tiras azuladas comandadas por un hombre que por su aspecto podría pasar como cualquiera de los extras de la serie The walking death.

Para nada, solo que me he enterado de la forma en la que voy a morir y estoy aterrado—No sé por qué se lo dije, pero en momentos difíciles el mantenerte entero obliga a sostenerte bajo cualquier riesgo, no importa de dónde provenga la ayuda.  Sus ojos vidriosos escrutaron mi dolor, traduciendo mi sentir obligando a sus labios dar paso a una triste sinfonía en forma de suspiro. Pidió una cerveza y se sentó a mi lado. Sorbió con cierta dificultad la frialdad del espumante, parte del líquido salía de su boca a través de las comisuras de los labios mojando su cuello y la parte frontal de su arrugada camisa de cuadros azules.

Perdona el desastre, pero no es fácil beber cuando se te dificulta tragar. Al igual que tú estoy próximo a abandonar esto que llamamos vida, de ella nos quejamos por sus dificultades día a día,  irónicamente cuando está todo por terminar nos aferramos por seguir soportándola, sin importar cuánto reproche le hayamos hecho. 

A pesar de mi terror a confrontar la muerte ya he aceptado mi fin, al contrario de querer seguir viviendo a riesgo de un sufrimiento inimaginable causado por combatir los pronósticos y las sentencias, estoy buscando la manera de adelantar mi partida…pero no quiero ser condenado al limbo por acabar mi existencia con mis propias manos—dije.

Un hombre temeroso de Dios—palabras tan cortantes como cristales rotos, palabras acompañadas de una falsa sonrisa.  No era exactamente a Dios a quién temía. Mi verdadera angustia convertida en miedo era viajar en el río Aqueronte en el infierno de Hades, haciéndole compañía eterna a Caronte, el barquero del infierno, obligándome a ser su pasajero castigando mi osadía por acabar con mi vida sin cumplir los designios de los dioses. La mitología griega de niño siempre me interesó, mi abuelo me regaló una serie de libros divididos en varios tomos de formatos hermosos con ilustraciones fantásticas de entre los cuales se encontraba uno titulado Mitos y Leyendas. De sus lecturas aprendí a temerles a los dioses griegos, puede sonar absurdo pero mi admiración por sus historias terminó en una obsesión masoquista;  mientras más leía, más les temía; mientras más les temía, más quería saber de ellos.

Tranquilo hombre, yo también soy un creyente temeroso de Dios. El suicidio es penado con el purgatorio. Pero he conseguido un camino alterno donde  posiblemente se podría evadir tan oscuro castigo. Mi aspecto deja mucho que desear. Soy un hombre con un cartel colgado en mi frente con la leyenda “Hombre muerto caminante”. El aspecto exterior de mi cuerpo así lo delata, tengo cáncer de páncreas, tengo los  días contados y cero posibilidades de poder cumplir algún tratamiento.

Lo siento… ambos somos hombres muertos. 

Tengo que irme, no puedo faltar a una visita que recibiré en mi casa. Creo que nuestro encuentro ha sido oportuno, ambos buscamos el fin de nuestro sufrimiento. Toma esta tarjeta, es el camino que he descubierto para evadir el castigo, lo comparto contigo. Adiós.

La tarjeta de blanco mate decía: ¿Cansado de tu vida? Nosotros tenemos la solución. Ingresa en www.suicidioalterno.com.ve
 
Al día siguiente en los noticieros, exactamente en su edición meridiana, pude ver la noticia que terminaría llevándome derecho al computador e ingresar a la dirección electrónica escrita en la tarjeta. Un hombre de nombre Carlos (sigo sin recordar el apellido) había sido asesinado en su hogar. Recibió ocho heridas punzo penetrantes. En la fotografía de la víctima pude reconocer a aquel hombre del bar.

Tocan a la puerta. Escucho una música que reconozco, los acordes de Suicide note part 1 de la banda de metal Pantera. Efectivamente es parte del paquete suicida que compré, el combo número 2 incluye música de fondo de tu preferencia y un tiro certero en la frente.

lunes, 17 de junio de 2013

Los cambios de Mo Yan

Coetzee dice que el escritor no debe ser moralmente condenable. El escritor es víctima de su entorno y termina siendo el resultado de ese ámbito que no puede ser olvidado. Mo Yan (no hables) es la prueba del poder silencioso del escritor, y también es la muestra de cuanto el mundo puede reprochar a aquel que enmudece su verbo ante los atropellos para evitar conflictos.


Aunque en sus entrevistas no habla abiertamente sobre las dificultades del ciudadano común atrapado en un régimen totalitario impulsado por la figura endiosada de uno de los peores mortales que ha poblado la tierra, Mo Yan en sus novelas de forma muy sutil hace declaraciones firmes sobre el país que habita, sobre esa China rica en fantasías milenarias pero hundida en las ambiciones opresoras del hombre. Su novela Cambios es una de ellas.


En Cambios el Nobel chino construye una breve autobiografía novelada, los sueños de un joven campesino aunque condicionado por su estrato social no deja que sus aspiraciones se disuelvan en la apatía de la nada sin antes probar la difícil pero no imposible realidad. 


Con una prosa sencilla pero cargada de cierto humor negro, Cambios nos revela página a página detalles de la vida de uno de los escritores más polémicos de nuestros días, sus desencantos, amores y logros. La visión desde lo alto de un mundo que se ha hecho muy estrecho.


Para un árbol, cambiar de sitio es la muerte; para un hombre, cambiar de sitio es la vida”


martes, 11 de junio de 2013

Amos Oz y su juego de espías


Un hombre adulto recuerda su infancia en la Jerusalén de finales de 1947 sumida en la violencia sitiada por tropas británicas. El recuerdo de una traición impuesta por la tolerancia y la aceptación es el drama que este hombre revive en sus memorias. Un niño judío jugando a ser espía hace amistad con un peculiar sargento británico miembro de las fuerzas de ocupación, ambos se dedican a intercambiar información: el soldado desea conocer más sobre el Israel bíblico; el niño bajo la fachada de aprender inglés desea obtener información vital contra el “enemigo”.

Amos Oz ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007 entre otros, presenta en Una pantera en el sótano una aleccionadora historia sobre la inocencia y sus conflictos, una obra rica en referencias históricas y literarias.

“Todo tiene, por lo menos, dos caras. Excepto la sombra”