sábado, 23 de junio de 2012

Caracas muerde


La ciudad de Caracas como toda urbe capitalina está llena de historias, de grandes momentos y estrepitosas caídas. Poblada por una gran variedad de naciones. Inmigrantes y nativos comparten el amor y odio que de ella emana.

Héctor Torres es uno de sus habitantes. Al igual que muchos ha sido cautivado y por momentos victimizado por la capital del oro negro. Ha escuchado historias, experiencias ajenas que de lo improbable pasan a lo común. También ha sido protagonista de muchas. Todos los que habitamos esta ciudad conocemos lo que hay en ella, sus trampas y espejismos, sus oasis y desiertos. Lo que diferencia a Héctor Torres del resto de quienes la vivimos y contamos es  “su forma de escribirla”.

Las crónicas de Caracas muerde son expresiones artísticas de la violencia made in Venezuela. Su pluma no busca sorprender al lector ante las historias aquí contadas que bien pueden encontrarse en los periódicos de circulación diaria. El atractivo del libro es su ritmo narrativo, fundiendo la realidad con la maquinaría compleja de la imaginación, buscando conectar al lector con el sentir de los hombres y mujeres que han consentido  transportar sus vidas y experiencias al espacio infinito del papel.

Admito que su lectura se hace adictiva. Caracas muerde es el abismo al que tememos caer pero no dejamos de observar aferrándonos a sus páginas como a la cornisa que nos separa de la catástrofe. 
  
Bienvenidos a Caracas, la verdadera ciudad de la furia.

jueves, 21 de junio de 2012

La comida de los niños


La hambruna en el mundo es un tema de nunca acabar. Las medidas para combatirla nunca han sido suficientes, la mortandad causada por ella es terrible. Países como los del continente africano y Corea del Norte son muestra de ello. Estas noticias irónicamente al publicarse en los periódicos alimentan a los articulistas y a las familias de los mismos. De la tragedia y el desamparo de unos, el alimento y la estabilidad de otros.

Al ir a mí lugar de trabajo trato siempre de realizar una acción que aporte un grano de arena al drama de la alimentación, ofrecer una pequeña cantidad en efectivo a algún necesitado que me tope en los vagones del subterráneo, compartir parte de mi almuerzo con algún indigente a las puertas del lugar donde laboro. Una pequeña acción que me hace sentir parte de aquellos que deseamos cambios sustanciales en la  vida de los que están en desgracia.

Laboro en una librería de cierto prestigio en la ciudad, donde los pensamientos son la principal materia prima y el saber se cotiza a precios según su importancia o relevancia, su exclusividad y carencia. Estoy en un lugar privilegiado, la esencia de la humanidad está al alcance de mi mano convirtiéndome en el guardián del tesoro más grande del mundo, un librero alimentado por la fuerza que domina a los hombres, ese ente supremo llamado conocimiento.

A mi llegada, en la puerta de la librería siempre me espera “Su majestad”, un gato de grandes ojos amarillos, negro con manchas blancas, con un abdomen voluminoso producto de la comida que a diario le dejo en un plato a  un costado de la puerta, del lado de afuera del templo de las ideas. Sus movimientos son casi sugestivos y de una sensualidad única de sólo aquel que sabe como transmitir su mensaje a través del lenguaje hipnótico del cuerpo.

“Su majestad” no sabe lo que es sentir hambre, tiempo atrás se le podía ver siempre alerta, como sus antepasados, siempre al acecho de su presa. Un ratón agonizante entre sus puntiagudos dientes era una imagen que todas las tardes adornaba la vista, su andar en pasos triunfantes dirigiéndose al callejón de al lado donde se dispondría a masticar el alimento logrado era un acto continuo. Al paso de los años sus reflejos se fueron mermando y  en consecuencia su alimentación sustentada por su propio esfuerzo empezó a fallar, pero sabía que podía contar conmigo, con aquel curioso de la intelectualidad que, por momentos, le ponía un tazón de leche.

Han pasado cinco años y “Su majestad” continúa en la puerta de mi templo, como una efigie egipcia resguardando mi umbral a la espera de los sacrificios para cumplir con los buenos augurios. Todos los días, sin falta, le lleno su tazón de leche junto a una lata abierta de alimento para gatos, al término de mi jornada, el tazón se presenta vació y la lata totalmente desecha, muestras del hambre saciada de “Su majestad”.
Hoy como es habitual, mientras me traslado a la librería estoy leyendo el periódico en el subterráneo, entre sus titulares encuentro el siguiente:

 “Corea del Norte es una potencia nuclear sumida en el hambre”.

Sin duda era el tema del momento, Corea del Norte representa una de las grandes potencias bélicas del planeta, una economía controlada totalmente por un Estado opresor, denominado el país más hostil del mundo, donde los extranjeros no son bien recibidos y sus nativos son encapsulados en una burbuja miserable, despojados de la globalización donde las comunicaciones a través del internet son inexistentes, quebrando la voluntad de sus coterráneos con imágenes de un líder que adorna todas las esquinas. Un país convertido en una amenaza sería contra la existencia de la humanidad por su constante inversión en planes nucleares para enriquecer uranio. Irónicamente ahora por hambre ellos podrían ser los primeros en desaparecer. El clima como un justiciero vengador desde 1997 ha realizado estragos en sus cultivos y plantaciones llevando el caos al sector agroalimentario, ahora como hombres desnutridos al borde del colapso se hincan ante el mundo pidiendo clemencia, rogando migajas de pan. Qué ironía, aquellos dispuestos a imponer su poder ante el miedo y el terror son vencidos por los golpes inanimados del hambre. Ante tal oportunidad los restantes países del planeta están dispuestos a darles las sobras de sus platos si “El Terror de Asia” acepta cancelar su carrera nuclear y armamentista.

Junto a los recibos y la correspondencia sobre el tapete “Bienvenidos” me esperaba “Su majestad”, su cola oscilando con movimientos de cámara lenta, maullando suavemente una canción a los cielos, como si implorase misericordia al dios egipcio Seth, patrono de los oasis y creador de la sequía. Le acaricie el lomo, tome los papeles del suelo y abrí la puerta. Una vez dentro de la librería, en una esquina de mi oficina ubicada en el fondo, saque de la nevera un medio litro de leche y la lata de “Miau” comida rica en proteínas para gatos. Ya servido “Su majestad” tomo un bocado, como si de un evento de catas se tratara. Por lo visto no se encontraba lo suficientemente hambriento y se echó al lado del plato, suspiró relajando su cuerpo, sin duda se disponía a dormir una siesta, me encogí de hombros y di media vuelta dispuesto a iniciar mis labores.

Recordando el tema del Titán Hambriento busqué en la estantería un libro titulado “Querido Líder. Vivir en Corea del Norte”, un ensayo con tintes de investigación periodística  de la directora de Los Angeles Times la estadounidense Barbara Demick, sustentando en cinco entrevistas realizadas a disidentes del régimen totalitario que sigue en pie a pesar de la muerte del tirano Kim Jong II, sus testimonios son crudos relatos de una realidad absurda y aterradora de millones de personas dentro del territorio norcoreano. Cuando me disponía a comenzar mi lectura el sonido de las campanas guindadas en el pomo interno de la puerta me anunciaron la llegada de alguien, pensé para mis adentros que era un ávido lector en la búsqueda de saciar su conocimiento pero al contrario, era Quiñones, un hombre alto de casi 1.90, fornido y casi azulado por el tono oscuro de su piel, sus dientes blancos destacaban sobre el fondo negro de su ser. Un tipo agradable que siempre anda de buen ánimo sin importar lo que pase. Quiñones es mi distribuidor de revistas.

--¡Hey! ¿Cómo estás?—dijo luciendo su gran sonrisa blanca, una de esas que son casi plásticas, dignas de una propaganda de dentífrico.

--Bien, como siempre, todo bajo el control del hampa—Era una frase ya habitual en respuesta a su saludo. Quiñones lo tomaba con gracia a pesar de que era una víctima constante de la delincuencia desbordada en la ciudad.

--Jajaja más nada. Vengo por las revistas que sobran del mes pasado para dejarte las nuevas. Este mes en Bikini Urbano sale una mami buenísima en la portada, impelable.

--El paquete con las revistas a retirar está colocado al fondo, puedes tomarlo y dejar las nuevas en el mismo lugar.

--Ok, ando a la carrera. Mi esposa anda trabajando y los niños se encuentran solos en casa, debo salir lo más rápido posible a prepararles algo para que coman, ya casi es hora de almuerzo.

De pronto Quiñones nota el artículo de periódico desplegado en el mostrador junto al libro el cual me disponía a leer antes de su llegada. Arruga un poco la cara y entrecierra los ojos mientras toma el periódico y murmura mientras lee la noticia donde la hambruna vence a la peligrosa nación bélica.

--Hay que ver que el hambre afecta a todos—me dice manteniendo esa actitud de algarabía donde su sonrisa parece un tatuaje indeleble que no conoce traducir otras emociones.

Yo no digo palabra alguna y solo asiento.

--Aunque a “Su majestad” parece que le va muy bien, está bien gordo ese gato. Come mejor que muchos. Afortunado.

Esta vez la falta de su sonrisa me desconcertó, al decir “Afortunado” su rostro se pintó de ira, de sus ojos emanaba la frustración de la carencia. Con su barbilla temblando y sus blancos dientes tras una cortina de saliva y fijando su mirada en aquel gato vigoroso, dijo:

--Provoca llevárselo al barrio—Luego en cosa de segundos el rostro afable emergió nuevamente.

--Bueno debo retirarme debo darle la comida a los niños, no olvides de revisar a la mami de la portada, en la parte central viene un poster gigante para poner en la pared. Nos vemos en quince días, acuérdate de tener listo el cheque de las revistas vendidas.

--Claro, cuenta con eso.

En el transcurso del día entraron pocos clientes a la librería, así que pude adelantar parte de mis lecturas pendientes. Al momento de sentarme a verificar las ventas del día en mi oficina, luego de haber cerrado la puerta del negocio por dentro, me dispuse a disfrutar de un café negro recién colado en la cafetera eléctrica. Sacando cuentas me inquietaba un poco el recuerdo de la actitud de Quiñones, su mirada al gato y la furia implícita en sus palabras por la ventaja de “Su majestad” al verse bien alimentado. El alto y sonriente moreno sería un enemigo despiadado en un panorama donde los alimentos no existan y lo único comestible sobre la tierra sea nosotros mismos. Algo así como La carretera de Cormac McCarthy, donde el canibalismo es la manera de mantenerse con vida. Sin duda ante él yo perdería la batalla y me convertiría en parte del menú. Siento escalofríos y sacudo la cabeza para alejar tan desagradables ideas de mi mente. Hora de irme y decirle adiós a “Su Majestad”.

Su plato aún está lleno, por lo visto no comió luego de su siesta. Lo llamo y no lo veo. No se encuentra en el callejón. Pienso en Quiñones. Pienso en la comida de los niños.





jueves, 14 de junio de 2012

Con la urbe al cuello


El hombre y su entorno, un dilema que todos afrontamos siendo protagonistas inconscientes de historias que de lo individual alimentan la vida del colectivo. Krispin posee la sensibilidad de todo escritor ante el mundo que lo rodea, puede convertir lo cotidiano en una gran aventura, los pequeños detalles en grandes interrogantes, embrollos en situaciones hilarantes.

Eloy Montáñez es el protagonista de Con la urbe al cuello, un profesor amante de las letras y cuidador incansable del buen uso del idioma de Cervantes, un mortal  ante el mundo que se ha rebelado contra él.
La historia del personaje en cuestión se desarrolla a través de relatos breves, cuentos que adquieren el carácter de capítulos que se van encadenando, eslabones que presentan la vida peculiar y cautivadora de Montáñez. Un hombre que lo ha tenido todo y que debe afrontar la prueba más grande de su vida, la separación de cuerpo y pensamiento por parte de Alexa, el amor de su vida, su amiga y amante, esposa y madre de sus dos hijas, la desconocida que ahora lo rechaza.

Mientras el fantasma de la separación lo acecha Montáñez nos va contando sus aventuras y desventuras. Su escape a las playas de la Isla de Margarita, su conversación con el profesional del volante que tiene contactos con extraterrestres, el banquero homosexual que odia a muerte a los machistas, son algunas de las situaciones que enmarcan los divertidos relatos que componen tan entretenido libro.

Más allá de las peripecias irreverentes e hilarantes en el libro también existen espacios para el despertar del lector ante la sociedad  a la cual pertenece. Denuncias que ponen sobre la mesa la degradación del idioma, la inconformidad ante los cambios autoritarios y sin sentido por aquellos que tienen la decisión de las mayorías en sus manos, los excesos de la cultura pop y los peligros que rodean a la juventud ante la pérdida de orientación adecuada.

La musicalidad del lenguaje de Karl Krispin es un aspecto destacable, su narración transporta emociones que se siembran en la psiquis del lector, fácilmente nos convertimos en la voz cantante de lo que ahora, en su lectura, es nuestra nueva vida. “Sucede que todo se resumía a cuando tu abrieras los ojitos y te sonrieras a media. Pasa que ya no te descubro y me cuesta sólo atender un inútil reloj-despertador que poco me consuela con sus alarmas. Pasa que siento miedo amaneciendo conmigo mismo. Pasa que no soporto mis arrugas en soledad. Sucede que la noche me hace temblar sin tu respiración”.

Con la urbe al cuello es una de esas obras que el tiempo se encargará de enarbolar, dejando a la luz a uno de los más interesantes escritores de nuestros días.

jueves, 7 de junio de 2012

El país de las últimas cosas


Anna Blume se encuentra desesperada por la desaparición de su hermano, un reportero con la misión de cubrir una nota de prensa importante enviado a un lugar sin nombre.

En esta densa y reflexiva novela Paul Auster obliga al lector a ser protagonista activo de la historia, el libro se desarrolla a través de una carta escrita por Anna dirigida a su novio, un destinatario sin nombre que adquiere la personalidad del lector de turno. La incertidumbre se mezcla con la curiosidad desde las primeras páginas. Anna describe un lugar desconocido donde mantenerse con vida no es la mejor opción. “Lo cierto es que si no fuera por el hambre ya no sería capaz de seguir”, ella está en serios problemas pero persiste en quedarse y continuar una búsqueda a ciegas.

Cada calle y rincón de la ciudad se convierte en una trampa hostil, sobrevivir a cada paso es la mayor recompensa a conseguir. Para otros, el tiempo marca la espera para dar fin a sus frágiles vidas. El negocio rentable es la muerte, las clínicas de eutanasia, los clubes de asesinatos, las carreras hasta agotar el cuerpo y caer al piso para nunca más levantarse forman parte de las ofertas tentadoras del día.
¿Logra Anna Blume dar con el paradero de su hermano? ¿Continuará él con vida? ¿Anna regresará? Interrogantes que sólo podrán ser respondidas si el receptor de la carta no se doblega ante la tensión del drama que consumirá sus sentidos, cumplir la lectura hasta su última página es la única salida.

 El país de las últimas cosas, historia aleccionadora y cruda que expone las carencias y sus consecuencias, el lado oscuro del poder sobre las masas. ¿Vale la pena seguir luchando cuando se está muerto en vida? Paul Auster ha escrito la historia que a mí me hubiese gustado escribir.

lunes, 4 de junio de 2012

Los esclavos


La esclavitud, la dominación de un individuo sobre otro mermando la capacidad de disponer libremente de su propia persona y de sus bienes. Una práctica que data de tiempos remotos , recurso común en los años de la conquista de los continentes.

Bajo el manto de la cotidianidad y del modelo familiar se esconden vidas tormentosas. Personas que a través de su reflejo en el espejo observan su verdadero y ansiado “yo”. Todos por momentos nos hemos visto cautivados por la posibilidad de ejercer poder sobre otros, dominar sus acciones y complacer nuestros antojos por medio de la sumisión. También existen aquellos que desean ser castigados y dominados, servir con vehemencia los deseos de un cuidador y tirano.

El placer es un sentir complicado, una agradable caricia puede ser un acto repulsivo. Un acto de agresión se puede traducir como la muestra del más grande amor.

Alberto Chimal ha construido una obra perturbadora donde la maldad va de la mano con la lujuria y la depravación. Muestra el inframundo de las emociones dejando al lector tenso y apesadumbrado, huérfano e inseguro ante la sociedad hipócrita que lo rodea.

Interesante. Prosa cautiva y elegante a pesar de su fatídica melodía. Los esclavos, una gran novela que no debe pasar por debajo de la mesa. No es una historia agradable, se los advierto.